Matrimonio Igualitario – la lucha Rosa de los milenicos del arcoíris

Por José Luis Díaz.


La Declaración de los Derechos del Hombre 1879 emanada de los tumultuosos días de la Revolución Francesa en su artículo primero señala: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Poco más tarde, en Chile la Constitución de 1833 señala en su art. 12: “La Constitución asegura a todos los habitantes de la República, igualdad ante la ley”, principio reafirmado más adelante con las constituciones de 1925 y 1980, se puede pensar que en 1980 solo fue un cariño a la Declaración Universal de Derechos Humanos, ya que en esa época no habían derechos y para algunos los humanos eran reemplazados por los humanoides”.

Todo bien hasta ahí, ya que sabemos que el papel da para mucho y nuestro país no solo es fábrica poetas, sino también buenas intenciones, que paran en el bolsillo de un empresario o en algún CFT de algún partido político.

Y acá estamos nuevamente exigiendo derechos e igualdad ante la ley, y esta vez no tan solo para nosotros, sino para toda nuestra red, hijos, hijas, padres, madres, tías y tíos, amigos y amigas y un largo etc., ya que la discriminación afecta no solo al “discriminado(a)” sino a todos los vínculos que este estable.

Seguimos peleando al interior de una sociedad que juega a invisibilizarnos y que pretende borrar nuestra historia de un plumazo. Sólo la muerte parece abrirnos sus puertas de par en par frente a una vida de humillaciones, un ejemplo es el mausoleo silencioso que  Través Chile logró obtener para sus compañeras y así rescatar del olvido sus nombres, historias e identidades.

Desde el retorno de la “democracia en la medida de lo posible”, las organizaciones de la diversidad sexual (LGTBI) y sus activistas, lo hemos permeado todo, entrando de lleno en el escenario político, social y cultural. Exponemos nuestros planteamientos en todos los ámbitos de la vida, al punto que se hace difícil construir discursos y plataformas programáticas, sin considerar la variable diversidad sexual y todo su abanico de posibilidades y manifestaciones. Bien sabemos que la sexualidad es tan cíclica como el romance de la luna y el sol, tan impredecible como la luna en el agua, y tan perseguida como la vida después de la muerte.

Es imposible entender hoy esta sociedad sin un homosexual o transexual no siendo apuntado con el dedo de la injusticia; humillados, insultados, incluso la última moda, “feministas excluyendo a Transfeministas”. La discriminación es una rueda que no para de girar, siempre tendrá un recipiente para evacuar su odio; negros, indígenas, maricones, colas, gays, lesbianas, travestis, más un largo etc., se salva de su mirada segregadora y punitiva.

Lo vemos con el matrimonio igualitario, un tema que para algunos movimientos homosexuales nunca ha sido cómodo y que no ha estado exento de polémicas, tanto fuera como dentro del ambiente de la diversidad sexual o más específicamente de la población LGTBI. Un tema que se ha levantado para algunas organizaciones como su única lucha, y puede que sea así, como lo diría Lemebel, porque las colas arribistas, las ABC1, esas mismas que compran los retrovirales fuera del país, no aceptan ser rechazadas y el matrimonio para ellos es un pasaporte a la igualdad. No toleran que sus casas barrocas, bizarras, de cristalería fina y de apellido escandaloso e incestuoso, no sean aceptadas por la sociedad. No perdonan no ser iguales ante los hombres ni ante Dios.

Los conservadores y fanáticos religiosos se irritan ante la sola mención del matrimonio igualitario y no entienden lo que ya se viene señalando desde la década de los noventa, en cuanto a que el matrimonio no es el punto central, el punto clave es el principio de igualdad ante la ley. Quienes luchamos por la igualdad, lo hacemos desde el piso del derecho, no para la cola arribista que tiene dos autos en uber y es empresaria, o la vendedora de tienda de mall que llena los café de Lastarria con la propina del día o el bono por ventas.

Luchamos también por esa que pide fiado en el almacén de la población, esa misma que cuando llega borracha a su casa más de un golpe recibe en el camino. El matrimonio igualitario no es nuestra única lucha, existen miles más, esperamos que la que sueña con casarse lo haga antes que el SIDA se la lleve, por la parcelación o el recontagio.

¿Somos todos iguales ante la ley? La respuesta es simple: No. Y muchos no quieren que seamos iguales ante la ley.  En años anteriores se intentó igualarnos y terminar con las diferencias entre bastardos e hijos reconocidos, pero hoy existen los “bastardos sexuales”, aquellos que no tenemos los mismos derechos, los que mantenemos relaciones ilegítimas, aunque algunos bailen la cueca del acuerdo de unión civil, lo que no es más que un cigarro en un mar de lava ardiente.

El estado debe levantar el derecho igualitario como un derecho básico. Mientras no lo haga, discrimina no solo al que vive la sexualidad distinta, sino que a todos los movilizados por sus afectos.

Somos todos iguales antes la ley, no. Somos todos iguales antes los impuestos, Si.”

Si no lo entrega el Estado, lo entregará la calle….


José Luis Díaz.


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