El hombre que fue viernes ~ Juan Forn

Por Pascuala Küyen


Sabía que debía leer a Juan Forn, lo supe desde que desembalé su libro naranjo furioso y lo ingresé al catálogo de la librería. Me resistí como siempre lo hago cuando sé que mis sentimientos no tendrán vuelta, junté “El hombre que fue viernes” y “Yo recordaré por ustedes”, los coloqué en la sección de literatura, los moví, los trajiné, les leí la contratapa, comparé los índices y los ignoré intencionadamente todos los meses porque siempre me faltaba algún clásico que comprar.

Eso hasta que lo encontré en la Qué Leo de Buin con un 40% de descuento. El dueño había puesto varios libros en una mesita fuera del local y los estaba rematando. Estuve a punto de escoger “Volverse palestina” de Lina Meruane, finalmente me decidí por Forn. Don Emilio, así se llama el dueño, disimuló una cara de sorpresa cuando vio el título que me estaba llevando, por lo que no resistí contarle que yo también trabajo para la franquicia.

Lo sé, debo ser la más desleal de todas las libreras del universo, pero ser letraherida exige ciertas contradicciones. En mi trabajo siempre me regañan por infiel, por comprar en otras librerías, sean Qué Leo o no, por visitar todos los locales que tengan libros en exhibición, usados o nuevos. Quizás esa es una razón por la que el negocio no repunta, no permiten que la vendedora investigue el mercado, la competencia.

Juan Forn está muy lejos de ser un crítico literario que toma una obra y dice si es buena o es malísima, es más bien un contador de anécdotas, un juglar moderno cuyo vasto conocimiento se desborda en breves relatos que sus lectores esperan con avidez e incorporan a sus listas de temas interesantes. Puedes descubrir en ellos datos relacionados con pintores, escritores, exiliados, fugitivos, fotógrafos, todo el espectro de artistas está en su prosa.

Podría apostar mi vida a que mi amiga Gabriela me comentó que “Las babas del diablo” de Julio Cortázar estaba inspirado en una foto de Sergio Larraín, no sé si le creí, lo más probable es que sí y por eso terminé fascinada con el fotógrafo y su rectángulo, con su respiración dibujada en la captura del lente. A la altura de esa página de “El hombre que fue viernes” el encanto de la primera hoja era irreversible a tal punto que obvié todo orden alfabético predominante y dejé en pausa el compromiso autoimpuesto con mi biblioteca.

Si ella pudiese hablar, lo más seguro es que reclamaría de mí la misma fidelidad que me cobran en el trabajo. No tengo remedio, con cualquiera me froto las antenas como L. Iluminada, compro libros, me prestan libros, le saco libros a mi novio de su igual de atiborrados anaqueles, paso horas completas de soledad revisando títulos nuevos en la librería.

Amigo Forn, si me permite referirme así a usted, gracias por reaparecer de esta manera, por sacudir mi rigidez y devolverme la curiosidad. Una siempre piensa que lo ha leído todo, incluso sabiendo que nunca es suficiente. La poesía de Idea Vilariño es un tesoro invaluable que había pasado detrás de César Vallejo en la sección de poesía universal, ahora me pego cachetadas con el libro tapa dura y pienso en cómo pude estar triste todo este tiempo sin que esas palabras sencillas describieran mi desasosiego.

De algún modo empatizo con su labor, aunque aquí nadie me presiona para reseñar algo, escribo como si le estuviese contando sobre literatura a mi diario de vida, como si le estuviera comentando a mi amiga sobre tal cita que me impresionó particularmente, resguardando mi noción de humanidad porque el resto parece estar enloqueciendo.


Pascuala Küyen


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