Las mejores páginas de Marcel Proust – Alone

Por Pascuala Küyen


Para Gabriela Albornoz.

Una le toma aprecio a aquellos que han leído a Proust: somos hermanos de la misma melancolía, nos atraviesa el mismo desgarro, la flecha certera del amor nos despedazó con su contacto. Nos reconocemos en nuestras palabras, probablemente si nos encontráramos frente a frente hasta tendríamos gestos similares. Aquí estamos, leímos a Proust y sufriremos toda la vida porque ya no hay más, llegamos al séptimo libro y se acabó. Como la última nota de una canción que nos conmueve, no hay otra salida sino volver a reproducir la pieza musical.

Estamos envenenadas, hermana de letras, letraheridas.

Con esa predisposición empecé a leer el texto de Alone, sabiendo que me estaba metiendo de nuevo en el abismo más oscuro y sublime que me ha desafiado. Don Marcel, nuestro frágil e hipersensible escritor favorito, extrañado para siempre. La tristeza hipocondríaca que nos fulminó nos tendrá aturdidas por el resto de la eternidad, aunque llenemos la casa de libros.

Hay varias historias dentro de esta historia. El libro de Alone lo compré en una feria a tres mil pesos y el primer libro de Proust (En busca del tiempo perdido I. Por el camino de Swan) me lo dieron a modo de aguinaldo navideño en la librería, varios meses después. En las empresas les cambian el dinero por cajas de mercadería, a mí me dejaron elegir cualquiera de los títulos disponibles.

La primera parte de Las mejores páginas de Marcel Proust es una especie de monografía que contiene un análisis literario y biográfico, es imposible de otra manera, no hay forma de separar al autor de la obra. Para los nostálgicos de Bonsái: es cierto, Proust es el tema de su propio libro.

Alone dice que para empezar a leer los tomos de En busca del tiempo perdido se necesitan dos cosas: fe y tiempo. Para él, la detallada descripción del insomnio es una especie de trinchera que desanima a cualquiera que pretenda llegar al hasta el final por un afán vanidoso. Yo digo que solo se sigue adelante por amor, aunque suene ridículo, esa es para mí la única explicación. También nos cuenta sobre la vida de Proust y sus excentricidades, sus enfermedades, sus eternas crisis que lo protegían de las visitas fatuas, su inteligencia psicológica, su facilidad con la palabra y una sobreabundante amabilidad cuyo trasfondo era la ironía. Ser amable hasta fastidiar, quedar satisfecho.

Todos sus contemporáneos creían que Proust sería un literato/intelectual de renombre en el momento en que se lo propusiera, pensaban que sería un sujeto dedicado a las letras y a la filosofía, pero él osciló por varios oficios y finalmente decidió frecuentar aquellos herméticos círculos sociales que se suponía estaban vedados para su clase. Ese es otro tema, Alone describe a la sociedad francesa de la época como un sistema de castas similar al de la India, Proust era burgués, ahí, para bien o para mal, estaba su lugar.

Las descripciones socioculturales, las enemistades políticas, las conversaciones sobre arte, la literatura, las miradas, los gestos, los avances tecnológicos, los sentimientos, todo fue recogido por la insistencia de la memoria. Una memoria prefigurada por el terror del período en el que fue engendrada y que modeló al hombre encargado de portarla.

Después de ese ensayo de al menos 60 páginas, con más de  veinte acápites de fuente bibliográfica, está la sorpresa. Alone escogió sus fragmentos favoritos de Por el camino de Swan y  A la sombra de las muchachas en flor, compartiéndolos bajo la traducción de Pedro Salinas, para él inmejorable. No sé si quiera comentarles sobre esto, la lectura fue tan íntima y complicada como seguramente será esta relectura.

Lo confieso, todavía no he terminado el libro, no sé cuánto me demore.

La incertidumbre es la sazón de lo difícil y, en estos tiempos, de nada puedo estar segura.

“Quien se penetre del espíritu y la atmósfera que la lectura de Proust exige, no solo hallará en su obra una cantera inagotable, un vasto repertorio de novedades y placeres, sino que experimentará, después, cuando retorne al mundo real, que el mundo ha cambiado de aspecto a sus ojos, que se ha hecho más raro, más hondo, más lleno de interés, y que, al mismo tiempo, los demás libros, los que no son de Proust, se han vuelto delgados, antiguos y de una sorprendente futileza” (Alone, 1933).


Pascuala Küyen


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