[OPINIÓN] Emma, la gata de todos; su dueña, la niña de nadie. Confusión y política de una muerte

Por José Luis Díaz


Se comenta que en tiempos del SIDA los gays y lesbianas hicieron un pacto, ellas se quedarían al cuidado de sus mascotas, sus dueños tenían lo días contados y no muchos podían dejar a la suerte de sus parejas o amigos a sus pequeñas bendiciones, todo hombre homosexual estaba condenado al mismo rumbo. Desde ahí la relación estrecha de la comunidad LGTB con las mascotas, algunos proyectando en ella toda la necesidad paternal que los estados y gobiernos del mundo en los años 80ª prohibía.

Hoy pensar en el dialogo de estas dos sexualidades a veces parece lejano, nuevas fuerzas y corrientes teóricas han levantado las banderas de división y cada cual ha tomado lo suyo, en un sistema individualista, neoliberal es fácil pensar desde lo individual hasta hacerlo historia y realidad. sería injusto desconocer el motivo de tal separación, los gays hemos sabido lucrar con nuestra masculinidad, aprovechando una estructura social machista y patriarcal, probablemente pocos recuerdan cuando la discoteca Fausto, uno de los anclajes de la dictadura para los homosexuales, prohibió el ingreso de mujeres lesbianas a ese sodomita lugar, bajo la excusa de “son escandalosas”. Recuerdo que esa noche llegaba al centro sodomita y un grupo de mujeres/lesbianas nos gritaban, ¡¡maricones¡¡ en ese momento entendí a notar que las diferencias eran más de la que yo pensaba, esa acción de protesta lograba en parte responder mi pregunta ¿dónde están mis amigas lesbianas? O ¿por qué no tengo amigas lesbianas?, era joven, no mal parecido y simpático, tenía tema y un ego respetable, pero me faltaba esa amiga camiona que me defendiera, esa buena pa los puños, como la Gloria hijas del hipismo chileno, ella al despertar en las mañanas después de un carrete encendía un pito y me miraba con un “queri”.

Las separaciones continuaron con el tiempo y a pesar de ello, siempre hay una mascota, perro o gato, que nos reencuentra en un parque metropolitano, ahí volvemos a conectar las miradas y nos hace olvidar ese ADN de discriminación que ambos sectores llevamos.

Desde la historia hablada me parece que esas lesbianas ayudaron en gran parte el descanso de los que partían por el cáncer rosa, ese que no tenía color político, que no era de izquierda ni de derecha, que simplemente arrasaba con vidas de miles de jóvenes, hombres y algunas anónimas y silenciadas mujeres.

Para la comunidad LGTB los animales siempre significaron más que un simple ser que camina sobre 4 patas, muchas veces ocupan un lugar en los afectos que los hace irreemplazables, incluso una loquilla farandulera se tatúo el rostro de su perro, todo frente a un complaciente… ahhhhhhhhhhhyyy… qué lindo¡¡¡

El 3 de noviembre del 2018 nos enteramos de una noticia que estremeció a toda nuestra comunidad. Una niña había asesinado con sus propias manos a una gata de tan solo meses, su nombre Emma, está noticia no solo nos estremeció, sino también fue la evacuación de la molestia del día, incluso la señora intendente se dio el tiempo para manifestar su rechazo a tal acción, condenando el crimen y la tortura; cómo era posible que una persona hiciera eso con un ser vivo. Fue ahí en donde la indignación fue más grande pues la señora Rubilar, la misma que pidió perdón en el congreso a la comunidad LGBT por los crímenes de su sector hacia nuestra población, ese día estaba impactada con la violencia de aquella niña.

Otro legislador, eran más drástico, que pague con pena comunitaria y las organizaciones animalistas esperando llevar a la niña a la trinchera más corta para hacer caer sobre ella todo el odio, posiblemente quemarla en la plaza sería un buen castigo, al igual que los homosexuales quemados en tiempos de la breve inquisición chilena.

Llama la tensión que esos mensajes de impacto social y de corazón estremecido no aparecen cuando vemos como la policía agrede brutalmente a neutros escolares, cuando un operativo de carabineros ataca a dos mujeres en las calles de Temuco por llevar dos revolucionarias lechuga que decidieron crecer entre tanta violencia y contaminación.

Ningún carabinero está haciendo trabajo comunitario por los perdigones arrojados a los niños mapuches que lastimas sus cuerpos frágiles y sus piernas de inocente pequeño.

Los valores de nuestra sociedad a veces parecen tan confusos como esta columna que reflexiono a la espera del próximo paciente.

También no deja de impresionar la necesidad que tiene nuestro pueblo de sacar la rabia, de llevar a alguien a la trinchera y hacerlo pedazos, y que mejor que una de las más débiles.

En esta fila los discurso de empoderamiento femenino se agotaron, acá ningún pañuelo verde, ninguna mano empuñada se levantó en defensa de esta niña, y vuelvo a repetir, una niña de tan solo 13 años, ¿se nos olvidó lo que es una niña? Una niña que pretenden sacarle el demonio de su interior en la catedral evangélica, no gratis por supuesto, todos sabemos el negocio que ahí se esconde, de todos modos, algo había que hacer.

Y el colegio de psicólogos en silencio, como en todo, el colegio de profesores en silencio, la escuela de gatos en silencio, mientras los perros hacían fiesta y no me refiero a los perros de 4 patas.

En ese momento es cuando aparece una pequeña luz que dice, lo estamos haciendo mal y podemos llegar a estar peor, si vemos como toda una sociedad desde ignorantes a ilustrados intentan linchar a una niña de 13 años por lo sucedido, atención no justifico la muerte de la gata, ya es suficiente con ir arrastrando los muertos de mi comunidad, los recuerdos muertos de la dictadura y el asesinato de personal de guardia, la golpiza de Cholito y el deporte de incendiar perros en la periferia de la ciudad por ahí en los años 50ª, actos rápidamente olvidados y frente a los cuales no ha salido ningún mensaje en conmemoración, pero ahí los asesinos sabían lo que hacían antes de resguardarse en la capilla evangélica, ahí los criminales sabían a quién golpeaban antes de que el buen pastor o mejor dicho el amante pastor, les pasara la Biblia por un par de millones.

Sin embargo, acá estamos frente a una niña de tan solo 13 años, no muy distinta a Ámbar y tampoco muy diferente a Kevin, una niña agobiada por un sistema que la tortura cada día, una niña que vive y sobrevive con el esfuerzo de sus padres, una niña que presenta necesidades especiales, que requiere una intervención psicosocial y que vive en un país enfermo y sin leyes de salud mental. Una familia afligida por la conducta víscera de nuestra sociedad, acostumbrada de odiar al más débil y sobre todo si es hembra.

La niña no solo paga este acto por haber asesinado a esta gata, la niña paga por ser menor y niña/mujer/hembra/femenina, como dirían en la hermosa Cuba, por vivir en un país enfermo en donde abundan las villas dormitorio el hacinamiento y la vulnerabilidad, la pasta base haciendo estragos en las poblaciones, espacio que tiene la policía para reprimir cada vez más, en donde los evangélicos levantan su ejército de odio, y bien, ahí tiene una muestra de lo que significa odiar lo diferente.

Lamento la muerte de EMMA y lamento que su pequeña dueña crezca con la imagen de ese momento y la condena social por la negligencia de nuestra sociedad.

En las calles de Santiago andan tres millones de EMmA.

En recuerdo de Carlota, la gata que quería volar y se lanzó del piso 21, subió unos segundos, luego por la eternidad.


José Luis Díaz.


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