César Aira, escritor y traductor argentino.

Continuación de ideas diversas ~ César Aira

Por Pascuala Küyen


Decidí leer los libros de mi biblioteca siguiendo el orden alfabético del apellido del autor, obviamente saltándome los que ya forman parte del haber en mi bagaje literario. Hay dos razones para esta curiosa iniciativa. Tal vez más, pero por el momento solo se me vienen estas dos a la cabeza. Primero, estudié Derecho, es decir, soy una maldita cuadrá igual que todo el resto de mis colegas y, aunque luché sin descanso, no obtuve resultado alguno en ninguna de las oportunidades en que intenté sacarme el estigma. Al revés, caí vertiginosamente en las bondades de llevar la vida bajo una estructura confortable y segura, libre de cualquier imprevisto o sorpresa. Segundo, trabajo en una librería (en una Qué Leo, estamos invadiendo Chile), lo que me convierte automáticamente en una obsesionada por las clasificaciones y las materias, esto con el fin (muy poco acorde a mis ideas políticas) de que no se me “pierdan” los libros.

Ya habiendo realizado las advertencias de rigor y entrado en cierta intimidad con quien me está leyendo, debo confesar que me parece una excelente jugada del destino que el primer reseñado sea César Aira y que tenga nacionalidad argentina. Es como si me hubiese puesto de acuerdo con Salfate para mi debut en estas columnas y no saben lo bien que eso le hace a mi ansiedad. No contaba con el vendaval de temas que aborda, que por único hilo conductor tienen el hecho de pertenecer al abigarrado género del ensayo, donde bien puede caber cualquier cosa que se haya escrito (esta misma diatriba, por ejemplo).

César Aira, escritor y traductor argentino.

Oh, sí solo hubiera tomado más en serio el título.

Cómo iba a saber que las ideas eran TAN diversas.

El libro parte con la imagen de Hegel observando a Napoleón, añadiéndole una reflexión sobre la ignorancia a propósito de los dos personajes y las ambiciones de la cultura europea. Luego viene el caos.

Lo que al autor le interesa, él es explícito en dejarlo claro, es el efecto que produce en sus lectores, relegando las nimiedades del contenido o la trama a las recomendaciones que una hace cuando necesita vender. Incluso dedica más de un apartado para analizar la forma en la que se describen los libros (“es sobre”) y de la manera más eficaz de obtener su publicación: un tema seductor está muy por encima del más hábil de los escritores. El cliente quiere saber de qué va, nosotros queremos decir lo que el texto nos dejó.

Aira cita a Fontenelle “no hay pena que resista una hora de lectura” y sus divagaciones, que parecen tan distantes entre un punto y otro, son una pequeña estimulación a mi mente recargada de best-sellers, del siglo XIX y del siglo XXI. Con estos últimos tengo una relación más estrecha de lo que quisiera por culpa del capitalismo. Cuando llega alguien a la librería y me pregunta “¿cuál es el libro más vendido? así como para regalar”, me hace transitar por todos los estados emocionales hasta que le muestro algo de Baradit o los Sapiens de Harari.

Hay varios pasajes de Continuación de ideas diversas que son sospechosamente familiares, la impresión que tenemos respecto de algunos cuentos de Cortázar (él de los cuentos, yo de Rayuela), el deseo de ser niños otra vez, pero con la madurez intelectual que poseemos ahora, el peligroso cáncer de escribir todo en tiempo presente y varios puntos más que dejé bárbaramente marcados con la hoja doblada.

No sé si el propósito final de esta columna sea que ustedes corran despavoridos a comprar el libro, además, César Aira ya tiene su fama hecha y en nada le suma o le resta mi opinión. Quizás únicamente estoy cumpliendo lo que anhelo hacer en la librería cuando me preguntan “¿qué me recomiendas?”.

A todo esto, el libro termina con Voltaire refutando a Pascal.


Pascuala Küyen


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